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Es de grato recuerdo para los que llevamos muchos años viviendo en Alcorcón la emblemática plaza de la Hispanidad. Fue de la primeras plazas que se urbanizaron en Alcorcón, pues era un lugar de los más transitados ya que, además de ser el lugar más alto del pueblo, su torre del agua, su calle de le Espada por la que transcurrían los encierros algunos años. Es la plaza la cumbre de un collado cuyo alcor dividía, en sus inicios urbanísticos al pueblo. De un lado, hacia el Oeste, la antigua urbe del centro de la ciudad con el Ayuntamiento, la Iglesia, la tahona, el bar de la Plaza y el bar Brindis; también como no, una de las primeras industrias creadas aquí, Muebles Mobelar, etc, etc.; y ya yendo hacia abajo, la plaza de los Caídos (de la Fragua, en la actualidad), que da salida a varias calles: de los Guindales, las Vegas, de Portugal, donde se construyeron los primeros edificios. Del otro lado, hacia el Este, hacia las Huertas y el Parque Grande, que da acceso al otro barrio simbólico de Alcorcón, San José de Valderas y sus castillos, y más tarde el barrio de Parque de Lisboa, por no extenderme más.
Plaza hermosa y rectangular, terriza y sombreada y con una envidiable fuente que era de las antiguas, de las de siempre, grande, con muchos chorros y con mucho agua. Hoy, cercenada hasta el extremo, el pavimento cubre casi por completo su suelo, con escasos árboles y unos irrisorios chorritos, dan una imagen lamentable.
Uno que añora su pueblo, lo quiere como si fuera suyo pues el él casi ha nacido, ha hecho su vida, su familia y sus amigos, y lo ha visto crecer y hacerse ciudad, ve con amargura como uno de sus hitos ha sido salvajemente destruido. Hay quien me dirá que exagero, que la plaza sigue estando ahí y lo único que ha cambiado es su fisonomía para adaptarla al nuevo aparcamiento subterráneo. Pues puede tener su razón, los tiempos cambian, los coches nos invaden y se construyen nichos subterráneos donde guardar nuestros coches; pero, lo que si es cierto, es que las personas continuamos haciendo nuestra vida social en las calles, en las plazas públicas, al cobijo de la sombra de un árbol, en el descanso de un banco, en la frescura de un césped.
Cuesta trabajo creerlo, no obstante todo eso ha desaparecido. Ya nuestros mayores NO pueden buscar su rincón favorito de sombra pues apenas quedan árboles, ya nuestros niños NO pueden jugar despreocupados y como gesto de consolación se les deja un ridículo parque infantil donde encerrarlos como ovejas, ya todos los vecinos nos encontramos incómodos y NO queremos esa plaza, queremos la de antes, y si no puede ser porque ya los árboles los han arrancado, la fuente la han quitado y el césped cambiado por baldosa, que nos hagan una plaza pública más digna.
Uno se pregunta ¿por qué los políticos hacen las cosas tan mal pudiendo hacerlas mejor?, ¿por qué antes de emprender un proyecto no nos preguntan a los vecinos que tipo de plaza queremos?, ¿son acaso ellos dioses, o dictadores, o peor aún tiranos de nuestra democracia?
Quien lea esto dirá que estoy loco, que es lo que tenemos y no preguntes más y que me deje de tanto protestar. Puede que tenga razón, pero yo me niego, me niego rotundamente a que manipulen mi vida y mi entorno, quiero participar y tener mi propia decisión.
Si esta es la democracia que venden los políticos actuales, lo siento, que se queden con élla, yo no comulgo con su democracia, o más bien su partitocracia.
Muchas cosas tienen que cambian en nuestro querido país, muchas, y mucho nos tenemos que rebelar los ciudadanos si queremos hacer las cosas de una forma más participativa.